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Cómo afecta el estrés el corazón de los niños

El corazón, ese músculo del cual depende la circulación sanguínea y por lo tanto la vida humana significa en nuestra cultura mucho más. No casualmente su imagen simboliza amor, cariño y amistad, y representa los sentimientos más hondos y más nobles de cada uno. Pero esta misma cultura suele llevar a relegar a los sentimientos y afectos a cambio de otras preocupaciones supuestamente más “serias”, y a menudo los adultos encargados de proteger y cuidar a los más chicos terminan, sin darse cuenta, transmitiéndoles esa cotidianeidad de estrés y desamor; y eso los afecta más de lo que habitualmente se piensa.­

Las situaciones de estrés pueden producir en los niños hipertensión arterial, dolores de cabeza, agotamiento físico, trastornos del sueño, conductas compulsivas (como estar todo el día pegado a los videojuegos o Internet), dolor de pecho y falta de aire, además de afectar sus relaciones sociales y su aprendizaje. ­

“Uno puede hacer que un chico baje de peso y se alimente mejor, promover que haga ejercicio o llevarlo al médico cada vez que es necesario, pero el amor es lo único que puede hacer que bajen el estrés, que es un factor de riesgo demostradamente potenciador de todos los demás factores de riesgo de enfermedad”, tanto la práctica clínica como la evidencia científica demuestran sobradamente la relevancia de la contención emocional en la prevención y en el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares en los niños.­

La falta de atención y de cuidado que tanto afecta a los más chicos no consiste simplemente, en el caso extremo de “no querer” a los hijos. Más bien tiene que ver con creer que sólo se trata de satisfacer ciertas necesidades materiales para que crezcan sanos, física y emocionalmente. “Hay muchos otros factores que debemos tener en cuenta: no somos cardiovascularmente sanos por comer pescado y brócoli y hacer deportes todos los días solamente, si bien mantener esos hábitos saludables es muy importante”.­

Es que las demostraciones de afecto también son una necesidad material: “Si el niño se siente querido y cuidado, va a querer tener una vida saludable. Esto que parece tan obvio y evidente, no lo es. Pero, ¿cuántas veces al día se les da un abrazo? Porque eso es lo que les calma el estrés, les da confianza y autoestima, y una capacidad de defensa que de otra manera, la criatura no puede adquirir”. ­

Estas necesarias muestras de afecto de los adultos con sus hijos no son tan frecuentes, la mayoría de las veces por simple distracción, y que eso cambia cuando los chicos son capaces de expresarse y de pedir, por ejemplo, un simple abrazo: “Es que nadie se resiste a darle un abrazo a un niño, pero en el estrés cotidiano esa necesidad de los chicos se pasa por alto”.­

Si las personas adultas no logran ponerle límites a su mundo de estrés y de permanente exigencia, ¿cómo esperar que logre hacerlo un niño? En medio de esa vorágine es fácil perder conciencia de todos los otros ítems que, además de los abrazos, se van “tachando de la lista” de la cotidianeidad familiar, y que sólo los adultos pueden proporcionarles a sus hijos: interesarse por sus actividades y sus sentimientos, conversar, ayudarlos a entender el mundo y a descubrirse a sí mismos, mitigar sus miedos e incertidumbres brindándoles la seguridad que un niño no puede lograr por sí solo sin el apoyo de adultos responsables.­

EN MOVIMIENTO­

“Es necesario dejar de ver a los niños como si fueran adultos en miniatura”. Esa peligrosa tendencia a olvidarse de las necesidades específicas de los niños y adolescentes en edad de desarrollo y crecimiento y a transmitirles exigencias del mundo de los adultos puede incluso “contaminar” el ámbito del deporte y la actividad física, fundamentales tanto para el buen desarrollo físico y emocional de los chicos como para su salud cardiovascular presente y futura.­

Es que los indudables beneficios de practicar deportes y hacer ejercicios regularmente requieren como condición que se contemplen las particularidades de cada etapa del crecimiento: “Son organismos cambiantes, en desarrollo, y la fisiología de un niño no es estática -explica-. Hay condiciones físicas y psicológicas que deben ser consideradas, especialmente en deportes de alto rendimiento y competencia”.­

Desde su perspectiva, conviene que las escuelas de formación deportiva y clubes de barrio donde los chicos se inician en la práctica definan bien sus objetivos en cuanto a exigencias y estímulos.­

Cada rango de edad tiene sus especificidades: “Hasta los 5 o 6 años de edad, en que se desarrolla la coordinación neuromuscular, lo fundamental es estimular las habilidades motoras, haciendo diversos deportes y no una práctica intensiva de uno en particular. Un buen desarrollo en esta etapa hace que después sea más fácil aprender cualquier tipo de deporte”.­

Otra fase sensible del desarrollo psicomotor se da antes de la pubertad, cuando la secreción de testosterona y de hormona del crecimiento le dan la posibilidad a los músculos de incrementar su tamaño: antes de esa etapa, las conexiones entre los músculos y el sistema nervioso recién se están formando, y las actividades intensivas de fuerza pueden ser contraproducentes. ­

“Los niños tienen que hacer ejercicios de fuerza, pero la tensión allí se logra por reclutamiento de las fibras nerviosas, no por el aumento del tamaño del músculo. Si un entrenador o el padre de un niño de 8 o 9 años quiere que haga ejercicios para aumentar la masa muscular, es muy poco probable que lo logre, porque aún no tiene los niveles hormonales adecuados”.­

Se tiene que reflexionar sobre los objetivos por los que los padres mandan a sus niños a practicar algún deporte: “Cuando se empieza desde muy chico con las exigencias de la competencia y el alto rendimiento, muchas veces o casi siempre los niños se cansan, quieren dejar de hacerlo y se genera una sensación de fracaso, porque se pasa por alto una cuestión psicológica fundamental, y es que los niños, primero, tienen que jugar”.­

En este sentido, hasta la forma de premiación -cuando participan decenas de equipos y sólo uno es premiado, por ejemplo- puede definir ese equilibrio entre lo lúdico y esa exigencia en realidad más propia del mundo adulto que lleva mayormente a la frustración.­

Fuente: laprensa.com.ar

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